Ruta por la Cimbarra (Aldeaquemada)
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Si por algo es conocida Aldeaquemada es precisamente por La Cimbarra. Esta espectacular cascada de agua de unos 40 metros de altura se encuentra a unos dos kilómetros del pueblo en dirección sur y tiene la categoría de Paraje Natural. En la zona central de Sierra Morena, a pocos kilómetros del Parque Natural de Despeñaperros y sobre un sustrato de cuarcitas, areniscas y pizarras (en las que es frecuente encontrar fósiles), donde se desarrollan suelos pobres y ácidos, se localiza el Paraje Natural de la Cascada de la Cimbarra, espacio protegido caracterizado por su accidentado relieve. En la vertiente suroeste aparece encajado el río Guarrizas, creando fuertes pendientes; este encajamiento, producido como consecuencia de la erosión remontante favorecida por la presencia de fallas, da lugar a la aparición de algunos saltos de agua, siendo el más espectacular el denominado de la Cimbarra -en estos parajes, cimbarra es sinónimo de cascada-, siendo también muy conocidos los del Cimbarrillo. Podemos tomar dos opciones, siguiendo la vereda de la derecha, que nos llevará a las Calderetas (pozos naturales formados por la erosión del agua en la piedra) y desde donde podremos observar la caida desde el mismo pie del chorro. La vereda de la izquierda nos conducirá a la Plaza de Armas, lugar desde el que tendremos una vista frontal de la cascada. Recomendamos calzado cómodo y antideslizante para los meses en los que el suelo esté mojado. Rodeados de jaras y encinas surgirá ante nuestra vista un barranco adornado por escarpados farallones de roca y nuestros oidos enseguida descubrirán el trueno creado por la violencia del agua al caer. Dependiendo de la época del año en el que nos encontremos, la cascada caerá con más o menos intensidad. Si queremos ver la zona en todo su esplendor, siempre es recomendable venir cuando hemos tenido una o dos semanas de lluvia intensa. Hay ocasiones en las que, en las noches de invierno, incluso se puede oir el rugido desde el pueblo. La vista del paisaje es majestuosa y la disposición de los abrigos de roca hacen que a veces confundamos la horizontalidad del terreno (lo que parecia llano desde un punto, ahora parece que está en pendiente y viceversa). Suponiendo que hayamos elegido el camino de La Plaza de Armas, encontraremos La Cimbarra de frente. Ahora elegiremos una vereda que sale hacia la derecha en dirección a la laguna. Pasaremos un molino abandonado cuyas gigantescas ruedas de arenisca están desperdigadas camino abajo. Desde esta zona también podremos observar diferentes vistas del chorro, hasta que lleguemos al pie del agua. Si se trata de una visita tras una época de lluvias, con seguridad el viento nos traerá una neblina de agua que nos empapará de la cabeza a los pies. Los más atrevidos suelen empezar a bañarse en sus frías aguas en Semana Santa. Sobre todo deberemos saber que aunque es posible bañarse, aquello NO ESTÁ ACONDICIONADO COMO ZONA DE BAÑO. Bañarse es peligroso, y más todavía si se va solo, en pareja o si no se tiene experiencia. Ahora que estamos en la zona, podemos tomar dos opciones: la primera continuar el curso del río para pasar a la siguiente cascada, la del Charco del Negrillo, o subir para acceder a este lugar dando la vuelta al monte en el que nos encontramos. Sólo aquellos que se conocen el área se atreverán a seguir el curso del río, por el que una vez que salvamos uno de los desniveles bajando por un árbol, pasaremos a un paisaje en el que iremos saltando y sorteando unas descomunales moles de piedra caidas desde lo alto de la Plaza de Armas. Encajonados en el barranco llegaremos al Charco del Negrillo, segunda laguna de tamaño superior a la de La Cimbarra, pero con una cascada más pequeña. En esta ocasión salvaremos el desnivel pegados a la pared y agarrándonos a los salientes de la pared de roca. Este es un paso arriesgado y no recomendable a nadie sin preparación. Una vez llegados al borde del agua, el silencio de la zona, el juego de luces y sombras y el canto de los pájaros convierten a El Negrillo en una laguna encantada y mágica. Si nos sentamos al borde, perderemos la noción del tiempo. |
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CRISTOBAL POYATO
F O T O G R A F I A